📸 Cortesía: Ovidio González – Presidencia
¿Soberanía en juego?
Este miércoles 3 de julio de 2025, en Bogotá, la ceremonia de posesión del nuevo magistrado de la Corte Constitucional, Héctor Carvajal, se convirtió en escenario de un duro pronunciamiento del presidente colombiano, Gustavo Petro, hacia congresistas de Estados Unidos.
Petro lanzó un mensaje contundente frente a las reiteradas críticas que ha recibido de parte de legisladores estadounidenses, particularmente aquellos de origen cubano, quienes no han dudado en calificarlo con términos ofensivos. “Ni me arrodillo ni me dejo presionar”, afirmó el mandatario, señalando que no se intimida ante acusaciones que lo tildan de “barco” o “terrorista”, aunque aclaró que su gobierno conoce bien la dinámica de la situación bilateral. Este pronunciamiento marca un punto álgido en la creciente tensión diplomática entre Colombia y Estados Unidos.
El trasfondo de esta escalada se remonta a comentarios recientes de congresistas como Carlos Giménez, quien llamó a Petro “matón”, y Mario Díaz-Balart, señalado por el propio presidente colombiano como parte de una supuesta operación internacional destinada a desestabilizar su gobierno. “A los funcionarios de origen cubano en Estados Unidos les digo: escojan enemigo, nosotros no somos. Si en su país las organizaciones criminales están causando la muerte de 100.000 ciudadanos por año, el enemigo no es Colombia. Podemos ayudarles a resolver ese problema”, replicó Petro en un acto que destila una mezcla de desafío y exhortación.
La tensión no quedó ahí. En respuesta a las declaraciones de Petro y las acusaciones cruzadas, Estados Unidos anunció el retiro de visas a funcionarios colombianos y convocó a consultas a su embajador en Bogotá, John McNamara. Desde el Departamento de Estado, las autoridades calificaron las afirmaciones colombianas sobre un supuesto golpe de Estado y la implicación de políticos de ambos países como “repudiables e infundadas”, justificando así la medida diplomática.
En este cruce de reproches y medidas recíprocas, la soberanía se erige como el tema central. Petro reafirma que su gobierno no se doblegará ante presiones externas ni intentos de intervención. Pero, mientras sus palabras resuenan firmes en el corazón político de Colombia, la incertidumbre persiste. ¿Cómo impactará este nuevo capítulo en las relaciones bilaterales? ¿Lograrán ambos países desplazar la sombra de la desconfianza que ahora los envuelve?
El día a día sigue adelante, pero quedan latentes las preguntas sobre el futuro de una relación histórica, marcada por colaboraciones y desencuentros, cuyo equilibrio parece ahora más frágil que nunca.

