Contaminación del aire en Bucaramanga provocó 197 muertes en el último año, según estudio de la UIS

📸 Cortesía: Alcaldía de Bucaramanga
Aire letal en Bucaramanga: un drama que crece sin pausa

La ciudad que respira, o al menos así debería ser, se asfixia. Bucaramanga y su área metropolitana han visto cómo el aire que sus habitantes inhalan ha dejado de ser un elemento vital para tornarse una condena silenciosa. Entre noviembre de 2024 y noviembre de 2025, la contaminación atmosférica cobró la vida de al menos 197 personas, un salto alarmante frente a las 142 muertes registradas el año anterior. Así lo revela un reciente estudio del Departamento de Salud Pública de la Universidad Industrial de Santander (UIS), realizado en conjunto con las autoridades locales, un informe que dibuja un paisaje preocupante para la salud pública regional.

Al frente de esta investigación está la doctora Laura Andrea Rodríguez Villamizar, quien no duda en señalar al enemigo invisible: el material particulado fino PM2.5. Estas diminutas partículas, capaces de viajar profundo en el sistema respiratorio e incluso alcanzar el torrente sanguíneo, son las grandes responsables de este aumento fatal. El origen no es otro que la plaga métrica de más de 920.000 vehículos que diariamente saturan las calles de Bucaramanga y sus municipios aledaños, muchos con tecnologías obsoletas y en condiciones mecánicas precarias, expandiendo este veneno con cada kilómetro recorrido.

Detrás de estas cifras hay rostros: niños, adultos mayores y quienes ya luchan con enfermedades respiratorias y cardiovasculares, quienes más sufren la carga de este aire degradado. Una tragedia que podría ser atenuada, subraya la doctora Rodríguez, si se lograra reducir la contaminación en niveles significativos. Sin embargo, este no es un problema que afecte por igual a todos. El estudio denuncia, además, una marcada desigualdad social y ambiental: los usuarios del transporte público enfrentan concentraciones de PM2.5 hasta cuatro veces mayores durante las horas pico, atrapados en buses viejos, mal ventilados y saturados, mientras que quienes usan vehículos particulares disfrutan de un aire algo más respirable.

Así, la ciudad que se precia de verde y de vida saludable exhibe un vacío insoportable en términos de políticas públicas efectivas para mitigar este mal que erosiona lentamente la salud de su gente. La pregunta que queda resonando es ineludible: ¿podrá Bucaramanga revertir este oscuro pronóstico antes de que las cifras sigan subiendo, o resignará su destino a un futuro donde respirar se convierta en un riesgo cotidiano? La respuesta parece urgente, aunque hasta ahora haya llegado con demoras inquietantes.

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