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¡Base bajo asedio!
Este jueves 21 de agosto de 2025, una explosión irrumpió en la rutina cotidiana de Cali, dejando un rastro de muerte, miedo y escombros a pocos pasos de la emblemática base aérea Marco Fidel Suárez.
A las 2:50 p.m., un carro bomba detonó en la Carrera Octava, arteria vital de la ciudad y justa vecina de la escuela militar de aviación. En segundos, la violencia se tradujo en seis personas fallecidas – entre ellas un menor – y 84 heridos, que incluyen civiles y militares. La onda expansiva no solo hirió cuerpos, también fracturó ventanas y sueños, arrasando con comercios y dejando cicatrices palpables en la infraestructura cercana.
El autor de esta embestida sangrienta apuntan las autoridades a las disidencias de las FARC, específicamente al Estado Mayor Central, liderado por alias Iván Mordisco. No es un golpe aislado: se interpreta como una represalia por recientes operaciones militares en el Cauca, donde esa guerrilla perdió terreno estratégico, incluyendo el cañón del Micay. El presidente Gustavo Petro, presente en Cali para encabezar un consejo extraordinario de seguridad esa misma noche, fue claro al denunciar que la ciudad enfrenta “una mafia internacional con bandas armadas aquí, no es una confrontación política”.

La respuesta ciudadana no tardó. Un vecino del barrio La Base detuvo a uno de los sospechosos momentos después de la explosión, evitando su fuga hasta la llegada de la policía. Ese arresto es solo un indicio más de la compleja red de violencia que enreda al país.
¿Podrá Cali, y con ella Colombia, romper el ciclo de violencia que la acecha desde las sombras? Mientras las investigaciones siguen, queda la imagen de una comunidad que entre escombros, heridos y miedo, reclama respuestas, justicia y una paz que todavía parece lejos.
